Viernes pesado.

Quizás no todo el mundo sepa porqué los ojos se nos hinchan tanto después de cada llanto, es la impotencia y la rabia acumuladas peleando por cual duele más debajo de tus párpados.
Esta noche tengo los pies helados y el corazón en llamas.
Después está mi cuerpo también, que se muere de ganas,
pero hoy al final, entre una cosa y otra, tampoco tocaba.
He entrado en la ducha a quitarme las escarchas de esta noche fría de diciembre que cala. He enchufado el agua caliente a mi cuello, y he descubierto que corrían versos por cada uno de mis bellos.
Todo aquí resbala más fácil con un poco de jabón y dejar escurrir las ideas. Ese es mi consultorio. La almohada ya se lleva suficientes suspiros acumulados del día, como para encima atormentarla con el no saber valorar bien la vida.
En fins, no sé, pero cada vez que te alejas diciendo que volverás, me angustia la incertidumbre del qué podrá pasar.
Alguna vez, supongo, llegará el momento en que algo nos mueva lejos. Quizás ese día está por llegar, o quizás no ocurrirá jamás.
Hay viajes en coche que no se olvidan, y hay otros que mejor no hubieran pasado.
Hoy le declaro la guerra al cansancio que nos agota el tiempo juntos, a la impaciencia de querer más siempre, que consume sorbo a sorbo los pequeños detalles del día a día. Hoy le declaro la guerra a todo aquello que nos separa, sabiendo lo que ambos sabemos, y sin embargo, tan lejos nuestras camas.

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