Noches de espanto.

Noches de espanto.
Fiebres que hacen sudar hasta las memorias más ocultas que ya creías muertas. Paños de agua fría en media noche que resucitan tu aliento, tu visión hacia un futuro lleno de nubes negras sin luz al final del cielo. La imaginación siempre presente: tú bailando, pegados, abrazos. Dices que me proteges, pero en nuestra propia casa nos violan. No sé quién era, tampoco quién eras tú. Estaba turbio y sucio, pero mi corazón sangraba amor por todas sus arterias gritando auxilio a quién una vez dejó marchar. Me gritaste que corriese y te dejara atrás, como si fuera fácil, sacar de tu vida al que te la da. El aire se agotaba como la pasión en dos jóvenes de hoy en día. Ya solo sentía sus manos acariciando mi alma, su sonrisa marcando mi mirada, su cabeza al revés directo a salvarme a la vez que se alejaba de mí. El aire se acabó. Dos manos agarraron mi cara con ímpetu, abrí los ojos y me besó. Aquel desconocido salió de la nada para hacerme volver a la realidad con un beso inocente y travieso.
-¿Dónde está?- pregunté.
Y me desperté.

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