Días en blanco y negro.

La profundidad del sueño la da la vida, hasta para soñar existen límites, aunque queramos creer que no.
Nuestra mente está restringida, por la sociedad que cuestina qué mereces tener según dónde y cómo vivas.
El reloj no marca las horas, el tiempo se esfuma entre nuestros dedos como el agua de un río entre las rocas: sintiéndolo demasiado pero sin poder detener nada.
El reloj no marca el momento, nunca deja de correr como un niño travieso, que antes de tropezar gira la cabeza y mirándote sonríe diciendo: envidia la inocente felicidad que siento.
Todo es tan artificial como este frío en pleno agosto; la locura se refría, estornuda y no sabe hacia dónde volar.
Vivimos de los demás, y ellos nos consumen cuál vagabundo a restos de tabaco en colillas apagadas por esta sucia humanidad.
Golpes y más golpes, qué lujo es el silencio, callar y sólo escuchar a la naturaleza llorar. Nos embarcamos en el día con prisas, pensando siempre en que lo mejor está por llegar, que mañana ya dios dirá, con las manos entre las piernas tomando el camino fácil y dejando escapar las riendas de tu vida, de tu día, de tu ira. Y es que en esta vida ya nadie de verdad baila, ya nadie se asombra de maravillas que los amaneceres nos regalan, siempre queremos más. Qué triste realidad.

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