El amor eterno dura tres años.

No sabía qué era la constancia hasta que me atraparon el corazón con dos manos ajenas, con la fuerza exacta que atrapas a un gorrión, apretando para que no se escape pero no demasiado.
Me amaron tan fuerte que me dejaron marcas en la sien y en las rodillas. Y después de tres años de pasiones sin medidas, de lujurias en las esquinas, de mentiras que sólo yo creía,
esas manos me soltaron.
Y lo que no supe hasta aquel momento, es que no por ser gorrión de nacimiento sabía volar. Aquellas manos calientes acariciaban tan bien como encarcelaban mi ser.
Me pasé un par de años aprendiendo a corretear lo suficientemente fuerte para echar a volar, en el precipicio adecuado.
El día menos esperado, me encontraron unas manos grandes con olor a libro nuevo, me ofrecieron un maravilloso cielo lleno de nubes donde juntos soñar. Me lancé de lleno, y por otros tres años, me crecieron las alas, me besó las cicatrices del pasado, y sin saber de mucho, como nadie me enseñó a volar.
Por aquel entonces corrían vientos de tormenta, anticiclones de sentimientos y oleadas de pasión. Pero llevaba razón Sabina cuando decía que el amor eterno dura tres años. Y se marchó.
Se marchó dejándome sola con unas alas que sólo saben volar en su cielo.
Se marchó dejándome sola sin su cielo.
Se marchó el cielo.
Se marchó. Y desde entonces vivo pegada a este maldito suelo llamado realidad. Con lo que me gustaba a mí eso de volar...
No sé que es la constancia fuera del territorio del corazón, es él el que manda en esto de la razón.
No sé vivir sin amor. Y ahora es el momento de buscar la pista de aterrizaje para echar a volar reconstruyendo mi propio sendero, es el momento de amarme eternamente, durante tres años enteros.


Imagen libro 'No te acabes nunca' de María Leach.

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